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En el metro de Ciudad de México

Como es usual, todos se bajan en la estación de distribución Tacubaya. Sólo quedamos él y yo en el vagón, sentados por casualidad demasiado cerca para un sitio tan amplio. Entre Tacubaya y la estación final, Observatorio, hay sólo tres minutos y medio, pero esta vez el metro se detiene: en una curva angosta hay que esperar hasta que pase el otro tren.

Él me sonríe, yo desvío la mirada y la detengo en los carteles de las paredes — ¡este viernes se presenta Madredeus en el Zócalo!, de reojo noto que ahora mira fijamente mi entrepierna y que su mano se mueve lento — el puerco tren que no avanza — más rápido — seguimos sin movernos — muy rápido y puedo imaginar su cara de placer mientras sigue mirando la costura de mis jeans. Yo me quedo inmóvil: aquí no hay dónde ir, nadie a quién llamar. Si tuviera un cuchillo le cortaría el cuello, despacio pero firme, de izquierda a derecha, lo vería desangrarse durante los dos minutos y medio que faltan hasta la siguiente estación, dejando este mundo rápidamente mientras le sonrío. Esto sí es placer, le diría.

Llegamos a la estación Observatorio, salgo del vagón aliviada, ya todo pasó, aunque mi corazón palpita la rabia. Se cierran las puertas, me uno a la gente alegre y al ruido, los encargados llegarán a limpiar la sangre del piso, no sabrán en cambio qué hacer con el cuerpo.

Líneas de mi buena amiga, Carla Ricaurte.