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Sábado de Feria

Esta nota fue escrita hace más de una semana, pero por motivos varios, recién la publico hoy.

bq. Mañana vas tú.

Eso fue todo lo que me dijo ayer mi papá. El no podía ir debido a que lo someterán este martes a una operación y debe reposar antes de la misma. Cada dos sábados, él, mi mamá y mi nana hacen mercado en lo que se instituyó a finales de los ochenta en el país como ferias libres que consistían, en ese tiempo, en llevar a los consumidores productos directamente traídos de los mismo agricultores, para conseguir que bajen los precios en esos lugares. Ahora, las pocas que funcionan, no cumplen para nada esa función, son simples mercados.

Hoy me tocaba a mí reemplazarlo.

Mi madre me despertó a las cinco con cuarenta. Con dificultad despegué la cabeza de la almohada, fui al baño y encendí la luz. Mi ojo estaba desencajado de su lugar, casi a la altura de la frente. Me lavé la cara y volví a mirar al espejo, ya todo en su lugar. Quince minutos después estaba manejando hacia el lugar donde se encuentra la mencionada feria.

Llegamos, parqueamos y descargamos los saquillos y las canastas para guardar las compras. Enfilamos hacia donde los caseritos de mi mamá le venden frescos vegetales y hortalizas. Seguía de mal humor por lo temprano y frío del día, cargando un pequeño saquillo en la mano derecha. El olor del lugar fue lo primero que me molestó sobre manera. Peces, pollos, cebollas, ajos, culantro, perejil, vayan sumando y obtendrán un aroma no muy agradable.

Mis muecas se transformaron en repulsión por la humanidad cuando volteé hacia mi izquierda al oír un golpeteo desesperado en algún recipiente plástico. Ahí, de pronto, veo como un muchacho de unos 13 años degolla con una oxidada hoja a un pollo de unas 4 libras y algo, para luego soltarlo dentro de un barril algo translúcido con manchas de sangre desde dentro y el los filos. ¿Los golpeteos? Alas de otros animales que aún no morían y que ya estaban dentro esperando al recién llegado. Más allá, el hermano del chico terminaba de desplumar a una víctima anterior mientras le pedía al primero le pasara otro. Sólo pude lamentarme y bajar la cabeza. ¿Qué se podía hacer? Así se ha hecho por siglos.

Más mal humor mientras recorríamos los estrechos corredores que se forman entre las columnas de tendidos. 6 libras de papas, 3 de cebollas, un atado de hierbita, docena y media de huevos, y mi actitud seguía igual ante este viaje al interior de un mercado ecuatoriano. Caminé un poco más y me topé con un puestito que vendía tortillas de maíz recién horneadas. Un dolar a cambio de cuatro de estas delicias. Me comí dos de un sólo golpe y todo cambió.

Cada oleada de sabor dentro de mi boca me recordaba los días en que con gusto acompañaba a mis padres en esta labor, y me recompensaban con dos de esas mismas totillitas. Bellos recuerdos de hace más de quince años, en que todo era más simple y más barato. El olor era el mismo, pero en ese entonces era un aroma de vida, frescura y tierra que me hacía despertar por mis propios medios antes de las cinco y media con una sonrisa dibujada en el rostro. Cuando terminé la tercera mi humor era otro. Compré las necesarias para que el resto de la familia desayune y mi mamá y mi nana coman en ese momento.

Ahora caminaba con más paciencia, disfrutando de cada imagen que desfilaba en el lugar. Niños cargadores, mujeres pelando habas, hombres ofreciendo piñas dulces. Todo era tan simétrico y colorido que podría haberme quedado ahí todo el día.

Ya de retirada, luego de algunos viajes de regreso al auto, nos detuvimos en el mismo lugar en donde dezplumaban a las aves una hora antrás, pero esta vez miré hacia la derecha, en donde mi mamá compraba 20 centavos de manzanilla. Delante de mis ojos, una menuda niña riobambeña de unos cinco años comía un huevo pasado a medio pelar. Su mirada profunda y limpia completó mi día en la feria.

1 Comentario

  1. Gio2 — Martes, Agosto 26, 2003 #

    Gracias por haberme recordado mis dias de mercado con mi vieja.

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