Tres inmigrantes en mi cabeza
Hoy pasé por el bar “El cordero degollado” de camino a mi trabajo. El lugar está abierto desde las diez de la mañana, y su hora de cierre es la medianoche. Allí estaban ellos sentados, junto a la ventana, en donde esperaba encontrarlos. Comentaban de lo que pasaba afuera, lo estúpido que les parecían los que corrían detrás de los buses, la falta de color en los edificios de la cuadra, lo molesto que es oír cambiar los nombres de las personas.
Alumbrados por el sol que ya brillaba en lo alto dejaban pasar el día, esperando la llamada de la Compañía. Ramón, el español de cejas gruesas que había perdido buena parte de su audición en una fábrica de pernos, miraba a los otros dos desde el lado derecho de la mesa. En el otro banco estaban Ernst y Volodia, el primero con la cabeza pegada al vidrio y el otro echándole un poco de sal al vaso rebosante de vodka.
El alemán era viudo y aunque su hija lo amaba ciegamente, él había perdido el contacto con ella hacía ya 10 años. Al eslavo le faltaba el brazo izquierdo, el camión que conducía perdió los frenos una mañana de octubre. Los tres se conocieron en ese bar el mismo día que un avión cubano se había salido de la pista de aterrizaje del aeropuerto. El encuentro fue tan casual como la vida de ellos, los tres sentados en la barra bebiendo vodka con limón, veían las noticias sobre el accidente, cuando uno de ellos soltó un comentario inapropiado sobre lo bien que se la pasaron los que murieron mientras iban dormidos. Los tres soltaron una carcajada, el resto fue cuestión de verse en el espejo detrás del cantinero.
Yo los iba a ver de vez en cuando, nunca les hablaba, sólo escuchaba sus conversaciones mientras terminaba mi cerveza. Siempre me hecho reír y reconozco en ellos mucho de mí. Al cerrar la puerta de salida a la calle luego de oír esas palabras amargas, mi cara dibuja una sonrisa amplia.
Clasificado bajo Creo que estoy loco
y cómo no? Si en medio de tanto alboroto barría sus pies la hippie del pueblo!