WR276

por Ernesto W. Monserratte.

Mi peor accidente de tránsito

El señor Dáger me puso como siguiente eslabán de la cadena que en algún lugar se inició previamente.

Conducía un auto japonés del 97, la marca es borrosa y si me lo preguntan ahora no lo recuerdo. Eran los primero días de 2003 y hacía un frío insoportable afuera, la nieve lo cubría casi todo, y lo descubierto estaba a punto de congelarse. El tráfico era fluído por la calle 42 y parecía que llegaría a tiempo a la reunión con ella en la Grand Central. Eran semanas desde que no nos veíamos, la soledad en días como estos es crítica.

De pronto, subiendo por Madison Avenue, un SUV de color azul golpea con una fuerza brutal el costado derecho de mi auto. Juro que un segundo antes sólo escuché silencio absoluto, luego el estridente resquebrajamiento del metal y el desordenado cantar de las ventanas haciéndose añicos. Con el golpe entró también en el tibio interior el frío congelante y alguna parte metálica que terminó enterrada en mi muslo derecho. El dolor no fue instantáneo. Apareció cuando vi que hilos de sagre empezaban a verterse por todos lados y se convertían en una gelatina rojo intenso. La desesperación, las palpitaciones, todo lo que puedan imaginar en una herida que compromete arterias.

Desperté con esa punzada ya acostumbrada de mis días de afección al nervio ciático. El dormir era así de molesto en esa época.

Paso la posta a Fernando y a Juan Xavier.


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