WR276

por Ernesto W. Monserratte.

Cielos y estrella

El acantilado tenía más de diez metros. Aún así el viento totalmente mojado de furia salada escalaba la distancia hasta el porche de la pequeña casa de madera de roble sin tratar. Agujas hechas de frío le atravesaban la piel de de extremo a extremo, los huesos y los músculos compartían con esta el dolor. Aún así permanecía inmóvil, abrigado solamente por una desgastada salida de baño con un bordado casi inteligible, sentado en la mecedora que había sido de su abuela. Los tendones de las manos contraídos en tensión empuñando su SAFN 49. Los ojos rojos y secos por la falta de párpados — dejas de tenerlos si olvidas como usarlos. Sin párpados, pero aún así quietos en ningún lugar.

El ritual había empezado cinco horas antes, como todas las noches desde hace trece años, justo después de que la claridad que el sol da se hubiese extinguido. Y es que desde esa noche de mayo, trece años atrás, sus hábitos empezaron a cambiar cada vez más. Ahora sólo comía cuando la quemazón se hacía insoportable o si un cierto sabor ferroso le llenaba la boca. Todo el pelo en su cuerpo tenía una longitud exagerada, y el hedor de sus partes cóncavas, que antes lo hubieran hecho correr a una ducha, no tenía importancia en su vida llena de vacío de sentido.

Pasaba los días sólo para sentarse durante la noche en la destartalada silla a la espera de que apareciera aquella estrella que entre nubes y guiños le era esquiva. Pasaba las noches llenando el piso y los escalones con casquillos, y el aire con una fijación corrupta en no querer verla más. Pasaba los años apuntando, respirando hondo y, mientras presionaba el gatillo, diciendo:

En mi cielo o en el de nadie.


Clasificado bajo Días negros, Mini-cuentos

Deja tu comentario