Cazador de almas
Se asustó un poco ante los ladridos del pastor alemán pero al segundo ya estaba recompuesto. La noche no habÃa dado resultados agradables. De los prospectos que le habÃan dado en la oficina ninguno habÃa daba con la talla. El viaje de siete horas por toda la ciudad, por cada barrio indicado, por cada habitación señalada, no habÃa sido de ninguna forma lo que él esperaba. TenÃa que regresar por lo menos con alguna o si no la comisión de seguro serÃa para otro.
Esta serÃa su penúltima visita. Cruzó la puerta que daba a la calle y ni se molestó en las mordidas que al vacÃo daba el agitado can. El patio exterior, lleno de arbustos amarillos, le pareció tan cálido que presentÃa que esta podÃa ser. Luego pasó la puerta de entrada a la casa y lo que vio le encantó: Nada de pretensiones, nada de apariencias, sencillez sin caer en el mal gusto. Siempre se fijaba en estas cosas y por lo general cuando percibÃa sensaciones agradables como las de ese momento la misión resultaba en éxito, en una palmada en el hombro y en una carpeta verde archivada en el salón dorado en la bóveda en el piso veintinueve.
La habitación era la segunda a la izquierda subiendo por la escalera, pero desde la mitad de esta última fue percibiendo el perfume que indicaba la sección dos de la página tres del archivo. Le parecÃa que antes lo habÃa olido pero no lo podÃa decir con certeza; en el cruce obligado uno olvida todo, llega a ese trabajo sin memoria, en blanco.
Debajo de esta última puerta por atravesar se veÃa una luz blanca. Seguro estaba despierta, no era tan tarde. Entró y se maravilló más por la expresividad que las paredes, los muebles, las cortinas y hasta las sábanas desprendÃan. Por esta de seguro le darÃan un ascenso. Ella se encontraba sentada frente al espejo de la pared opuesta, peinando su rizado cabello bruno. Él avanzaba sin prisas, sabÃa el procedimiento de memoria, bastarÃa con una leve caricia en la parte posterior del cráneo, justo por encima de la nuca, y listo: Un alma más regresarÃa a la fuente. La persona no sentirÃa nada y recordarÃa mucho menos, asà le habÃa sucedido a él, o por lo menos eso le explicaron en el proceso de inducción en la compañÃa unos cuantos siglos atrás.
Estiró su mano para alcanzar su cabeza. Rozó un cabello y se dio cuenta de que algo no era usual, aún asà continuó. Tocó esa cálida piel y la reacción fue única, impredecible. Ella se sobresaltó y giró sobre el taburete en el que estaba hasta quedar de frente a él que en ese momento habÃa ya retirado su mano y se encontraba algo encogido debido al miedo de la sorpresiva situación. Ella lo veÃa, lo podÃa sentir.
Le sonrió cálidamente y él sintió algo que creÃa alguna vez habÃa sentido, algo que no sabÃa que era. Luego el golpe, el cambio no deseado, la extraña sensación tomó una fuerte forma pero ya no de terror.
Lo siguiente que supo fue que estaba encerrado dentro de los ojos negros que lo habÃan reconocido pocos segundos antes. Y ahà permaneció cautivo por el resto de los tiempos, perdiendo todo lo que con un esfuerzo de centurias se le habÃa dado. Encerrado pero con la certeza de que lo que sentÃa era pura felicidad.
- Publicado por WR276 a las 10:23
- Permalink de esta entrada
- Guardado en: DÃas negros, Mini-cuentos
- Comentarios RSS de esta entrada
- TrackBack URI
Sin comentarios
Publicar comentario