Mar rojo
Sobre la cama de esa habitación ya todo estaba dicho. Los fluidos, los gemidos y las blasfemias habían inundado el aire con humedad y un raro aroma a sentimientos de apego y canela. La penumbra de la luz carmesí reflejada en las paredes escarlatas apenas dibujaba dos siluetas recostadas viéndose de frente a los ojos. Dos desconocidos que habían llegado al lugar en un vehículo rúbeo bajo el ametrallamiento vertical que esa noche de marzo les regalaba.
Antes de decidirse a llegar a donde estaban habían sido claros en lo que deseaban el uno del otro, el sueño era compartido. Pero por alguna razón en el medio se columpiaba un futuro maldito que al menos uno de ellos no podía prever. Aún así, la sangre calienta la razón y los caminos son cortos cuando uno está decidido.
Ni bien habían entrado, la ropa quedaba donde el descontrol la arrojaba. Los besos superaban a las palabras, las caricias torpes se mezclaban con otras más gráciles, no cabía coreografía alguna donde la improvisación era protagonista. Ambos se tomaron de las manos y saltaron sin miedo a la profundidad que debajo de ellos se abría. En el chapuzón dentro de ese mar rojo todo fue magia. Corales, peces y tortugas impensables eran lo que veían pasar mientras paraban de besarse para respirar un poco; y sí, respirar en ese mar calmo les era posible. En ese mar todo era posible.
Sus cuerpos se frotaban y el calor que expedían brillaba en un halo rosa que aumentaba su radio con cada segundo. El éxtasis llegó cuando teñían totalmente este acuario infinito con el brillo una palabra desconocida en esos lugares. Ambos sonrieron al ver lo que habían hecho con el color original, se miraron fijamente y decidieron subir a la superficie nuevamente, subir a la cama desde donde habían saltado. Cansados por la travesía en este mundo desconocido se recostaron húmedos y contentos.
— Fue maravilloso ¿no? — al fin dijo él luego de que ambos parecían recuperados.
— Sí, en verdad lo fue — le respondía mientras buscaba algo en su cartera que estaba en el piso.
— ¿Qué es esto? — le dijo admirado al ver que lo que ella tenía en sus manos era un revolver de cacha de madera.
— Mi verdad.
Eso fue lo último que escuchó antes de que la bala atravesara su frente e hiciera pedazos la primera idea que le surgió antes del bang: ¿Fue todo una mentira?
Clasificado bajo Días negros, Mini-cuentos
Pues a mi si me gustó, no parece forzado a salir. Es como si no te hubiera costado mucho esfuerzo describir las imágenes, aunque claro, tiene un final inexplicable como todos.
Saludos,