WR276

por Ernesto W. Monserratte.

El salón

Se encontraba sentado en un sillón forrado completamente con terciopelo negro y patas de madera de cedro en un rincón de la amplia habitación que escogió como escape. Poco le importaba que su traje beige de algodón se pudiera arrugar, la noche no había sido nada productiva y los efectos del la metilenedioximetanfetamina se habían empezado a diluir la última vez que orinó media hora antes.

Cuando estuvo en el baño notó una sustancia glutinosa amarilla pegada a su barba, no sabía de donde había venido, sólo la lavó. Ahí también aprovechó para mojar su cabello y tirarlo hacia atrás. Sus ojos estaban inyectados de sangre y sus pupilas dilatadas ocultaban lo verde en el iris de ambos. Abrochó la camisa hasta el segundo botón y con la espalda bien recta enderezó la chaqueta. Saco su paquete de sus American Spirit amarillos, sólo quedaban dos. Encendió el que no estaba volteado hacia arriba y salió hacia el salón principal.

Las diez luces focales estratégicamente situadas escondían el techo que estaba a unos ocho metros del piso y a las parejas que se magreaban en los rincones más oscuros. Pocos aparentaban bailar ya al ritmo lo que le pareció era Zero 7 pues a las seis y media de la mañana si no tienes ayuda extra, el cuerpo empieza a pedir descanso. En la barra del fondo opuesto sólo estaba el cantinero limpiando algunos vasos y una pelirroja en una minúscula falda blanca y con un par de piernas espectaculares jugando con la aceituna de su spiceland. Nunca le habían gustado las pieles llenas de pecas por lo que ni siquiera hizo el intento. Miró hacia la pared de la izquierda y notó que había una segunda puerta que en toda la noche no había explorado. Nada perdía en aventurarse dentro de esta.

Al abrirla entró en un largo, alto pero no tan ancho corredor tapizado con un papel de color vino y con una trama victoriana que terminaba en un piso de madera de roble oscura y una cenefa que llegaba a un cuarto del alto de las paredes hecha del mismo material. Lámparas de luz blanca separadas cada diez metros y al final de la décima un puerta similar a la que venía. Cuando llegó a esta giró la perilla y ante el se mostró un salón similar del cual había venido, pero en este los cuatro ventanales que casi llegaban al blanco techo sólo eran cubiertos por unas gruesas cortinas púrpuras. Aún así la luz que se colaba dentro era escasa. En el otro si estas ventanas existían no era para nada evidente.

Ya dentro le admiró el extraño patrón que tenía el piso. Baldosas blancas interrumpidas por otras de color negro que en forma de cuadrados concéntricos parecían invitar al techado a jugar al tiro al blanco. A su izquierda, y de espaldas al primer ventanal estaba el sillón. En la esquina opuesta parecía estar sobre una de las losetas un Bose SoundDock con un iPod conectado en él esperando ser encendido. Caminó hacia este mientras aspiraba lo último que quedaba del cigarrillo antes de arrojarlo frente a su ruta para ser pisado. Se arrodilló para ver si encontraba música de su agrado, hojeó las listas ya definidas y se topó con una que tenía unas treinta canciones de Neko Case. Lo mejor para reproducir en ese momento.

Mientras sonaba Dirty knife regresó hacia el sillón, se dejó caer y le dio vida al último cigarrillo que le quedaba. Sin prisas lo iba fumando, sin dejar caer la ceniza tampoco pues se le ocurrió que sería divertido ver hasta donde llegaba esta vez sin que esta cayera al suelo.

Cuando la tercera canción de la lista sonaba, la puerta por la que había llegado él se abrió y apareció en escena una mulata desnuda de pechos pequeños y trasero precioso. Usaba una máscara de carnaval veneciano hecha de porcelana y adornada con plumas verdes. El cabello suelto hasta la mitad de la espalda y con una par pantorrillas adecuadas para el resto de esa perfección. Caminaba lentamente, como ocupada en su propio pensar. Cuando llegó al medio del salón, regresó a verlo apoyando el mentón a su hombro izquierdo, él creyó reconocer la mirada.

En ese momento miró su cigarrillo, estaba a punto de llegar al filtro y la ceniza seguía prendida a este. Lo interpuso entre su mirada y aquella silueta canela que aún lo veía. Sopló y el polvillo gris se desvaneció en el aire. Al igual que la ceniza, ella se esparció como el polen ante la brisa en medio de un leve grito. La máscara se destrozó en miles de fracciones al golpear con el piso. Él rió mientras pensaba:

¿Tan sencillo resultó ser…?


Clasificado bajo Días negros, Mini-cuentos

2 Comments

  1. A veces debemos dejar que nuestros demonios se consuman, como un cigarrillo, y dejar que las cenizas de sus recuerdos caigan al piso y se esparzan como polvo

  2. Qué curioso, somos pocos/as los que viramos el último cigarrillo de la cajetilla. A mí me ha valido críticas y burlas, y aunque los deseos no se cumplan, lo sigo haciendo. ¿Qué tal si un día, al tabaco virado le diera por cumplirme lo que le pido?

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