WR276

por Ernesto W. Monserratte.

Lugar secreto

El sentido de rechazo era como una escara que parecía no sanar nunca, inflamada y punzante. Se sentía olvidado, dejado atrás en medio de esa oscuridad. Hacía frío y, aunque la lluvia había cesado, el musgoso suelo y las chorreantes hojas de pino no permitían que nada permaneciese seco. Las voces lo llamaban desde lejos, por su primer nombre, por el que siempre le pareció tan común, pero no quería dejarse encontrar ni que la encuentren a ella tampoco.

Su uniforme del colegio estaba empapado, el pantalón azul, el suéter de algodón tejido, los calcetines. Sentía que sus pies se iban deshaciendo de a poco dentro de sus zapatos. Ella por su lado seguía apoyada contra el amplio tronco que parecía acurrucarla en su seno. Uno de sus zapatos no estaba en su lugar y el cabello se le había soltado por el costado izquierdo. Parecía estar llorando pero quizás sólo eran gotas que se pegaban a su rostro; no podía decirlo con seguridad pues la luz de la luna llena era a veces obstruida por las bajas y rápidas nubes que subían a la montaña.

Juan parecía gritar una voz parecida a la de su padre, otras diez decían lo mismo alternándose para llamarla a ella también. Ella como él no respondía, sus motivos quizás eran otros. Veía haces de linternas a lo lejos, mucho más abajo del lugar en donde estaban. En su mente sólo se repetía una y otra vez la frase que ella gritaba mientras giraba bajo la lluvia hacía unas cuatro horas atrás.

Habían ido esa tarde a hablar al lugar que llamaban secreto desde que a los diez años lo encontraron en una de sus escapadas habituales. Ella se lo había pedido por medio de una nota que una amiga en común en el colegio le había pasado en el segundo recreo. El recorte de papel de cuaderno decía 4 en punto LS, garabateado en su letra de niña correcta. Apenas leyó el mensaje su corazón dio un salto. Miró a su alrededor al notar que la sangre se le subía al rostro. Pospuso todo lo que había pensado hacer ese día por no dejar de asistir a la cita propuesta.

En punto según su reloj estuvo en el sitio indicado, sentado en la piedra circular que antes los había acogido. Unos quince minutos después llegó ella montando su bicicleta y arrastrando detrás de sí densas y negruzcas nubes bajas. El viento empezó a soplar con algo más de fuerza.

Tarde como siempre — le gritó antes de que apoyara su bicicleta contra un árbol.
Lo bueno siempre demora en llegar — le respondió guiñándole el ojo y extendiéndole la mano para que la ayude a subir hacia donde él estaba.

Empezaron a subir hacia el claro en el bosque que habían descubierto seis años atrás, conversando de cómo habían pasado el día, que tal había estado el almuerzo, que si luego de bajar la podía invitar al cine, cosas habituales. Ella sacó del bolsillo de su sudadera un porrito no hecho hace mucho y encendido se lo pasó a él. Eran unos treinta minutos de recovecos hasta llegar a destino, pero tuvieron que apurar el paso un poco debido a que a mitad de camino una garúa leve se dejó caer del cielo.

Cuando llegaron a la covacha de madera y zinc que construyeron en las vacaciones del noventa y dos, se precipitaban gotas del tamaño de canicas en cantidades industriales. Se secaron como mejor pudieron y se sentaron a contemplar la belleza del pasto siendo humedecido por estas nubes que ella había traído en la espalda.

Debo contarte algo — empezó ella con una sonrisa que empezaba a dibujarse.
Dime.
Conocí a alguien hace dos semanas. Alguien que se está tornando bastante especial para mí.
Por eso ya no me llamabas en las noches… - sentía que algo empezaba a arder dentro de él, lo ignoró pues pensó que era parte del efecto de la hierba.
Es que a veces me va a visitar a mi casa y se va tarde. Me daba nota llamarte a esa hora.
Nunca te ha dado nota eso conmigo.
Bueno el asunto es que ayer se me declaró y creo que le voy a decir que sí. — lo miró a los ojos y soltó palabras como agujas que se clavaron en él — ¡Quiero que lo conozcas, es alguien maravilloso y me hace tan, tan feliz!

Se puso de pie con un solo movimiento y saltó a la lluvia, al medio del claro. Girando como trompo gritaba con su corazón lo feliz que era su vida en ese momento. Él la veía en silencio, viendo esa hermosa imagen danzarina tal como siempre la había visto, sólo que ahora le parecía tan lejana y ajena.

Reconoció que el ardor que sentía no era ningún efecto del cigarrillo, venía de más dentro de él. Lentamente y algo mareado se puso de pie y empezó a caminar hacia ella que seguía bailando casi dejando ver sus interiores debajo de esa falda de tablones. La hermosura que siempre veía en ella se iba desvaneciendo a cada paso. Cuando estuvo junto a ella el baile se detuvo y se miraron a los ojos. Enseguida las manos de Juan estuvieron apretando la belleza que creyó ver alguna vez con una fuerza que él mismo desconocía. Ella al principio sorprendida, luego con furia luchando. Pero Juan ya la empujaba contra el árbol más grueso del lugar, elevándola sobre sus hombros. De nada servían los golpes, arañazos y patadas, los ojos de él estaban vacíos de conciencia, sólo una inexplicable ira los llenaban.

Luego de algunos minutos la lucha de ella terminó, su mano que tiraba del suéter azul quedó sobre el hombro izquierdo al perder cualquier fuerza de vida. Lentamente la fue haciendo descender y la acomodó como si estuviera tranquilamente sentada. Acomodó su falda que dejaba ver más de lo apropiado y algo acomodó su cabello. Luego se retiró a la covacha y se mantuvo quieto contemplando su obra. Por algún motivo nuevamente vio en ella todo lo que lo hacía amarla, quizás la felicidad era muy ruidosa para él y callaba lo evidente. No se detuvo a analizarlo, sólo se sentó ahí a soportar lluvia y frío, sin decir una sola palabra.

Dos días después los hallaron tal como él había dejado todo, en silencio.


Clasificado bajo Días negros, Mini-cuentos

1 Comments

  1. genial

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