WR276

por Ernesto W. Monserratte.

Sala de espera

— Lo del ascensor fue una verdadera estupidez — repetía insistentemente Vyacheslav taconeando sus zapatos en el piso de linóleo de la sala de espera.
Había que hacerse — susurró en respuesta Ramón al que poco le importaban las convenciones. Ya estaba encendiendo su segundo cigarrillo y usaba una botella de agua como cenicero.
¡Pero pudimos esperar! La gente lo notará en el próximo piso en donde pare y nos vendrá a buscar…
¿Y cómo sabrán que fuimos nosotros? ¿Cómo sabrán en que piso o en que oficina buscar? — lo interrumpió. Ramón perdía el control muy fácilmente y su voz ya dejaba de ser remisa.
Pero igual fue una estupidez. — aseguró rápidamente Vyacheslav como adivinando lo que venía.

Enseguida Ramón apretó ambas manos a los brazos de la silla para ponerse de pie. El golpe caería donde el impulso lo llevase y ya Vyacheslav se acurrucaba en su asiento a la espera del impacto. La mano derecha del que se encontraba entre los dos se posó en la rodilla de Ramón buscando tranquilizarlo. El dueño de esta mano podía ser a veces un muro que contenía la rabia desmedida de la que Ramón vivía. En voz muy baja le dijo a ambos:

Ya está hecho, dejémoslo así. — la señorita detrás del mostrador que sentada hablaba por teléfono ni siquiera lo miró, lo conocía desde hacía algunos años y sabía como era él.
Pero es que dejamos muchos rastros esta vez — murmuró con algo de angustia Vyacheslav.
Sí, en verdad esta vez nos sacamos un diez — Ramón se frotaba las callosas manos y reía mientras estas palabras se le escapaban.

Los dos a su izquierda se quedaron atónitos ante lo dicho y sus ojos abiertos completamente estaban fijos en el rostro sonriente de Ramón Carranza que desafiante les respondió:

¿Qué? ¿No me van a decir que ustedes no lo disfrutaron? Ahí dentro no estaba sólo yo.

La culpa se dibujó en el rostro de ambos. En realidad les había significado el éxtasis. Entonces la señorita detrás del mostrador le dijo luego de contestar a una llamada del teléfono:

Señor Cesàro, el doctor lo espera. Puede pasar.
Silencio ahora, de esto como las otras veces no hablaremos con él. — les advirtió y se puso de pie — Apúrense que nos espera.


Clasificado bajo Días negros, Mini-cuentos

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