Pinoculus
Afuera un viejo invierno helaba todo lo que se atreviera a ponérsele en frente. Ãrboles, hidrantes, postes y verjas con gotas colgantes de agua congeladas a mitad de su camino del resbaloso y congelado suelo. Ni una sola alma se sentía en kilómetros alrededor de esa bodega vieja que el doctor Pinoculus había escogido como refugio para su labor de recobrar su vida, la que tenía lustro y medio atrás.
Tres años antes había contratado como colaboradores a Milo y Yosef para que trabajasen en este proyecto con él. Ellos, antiguos alumnos de universidad, con gusto dijeron sí al instante que la propuesta les fue descrita sobre una mesa de un bar. Al día siguiente y con los fondos suficientes gracias una vida de trabajo y reconocimientos del doctor, se enfrascaron en la labor de crear todas las piezas que convertirían el sueño, la fantasía, en algo tangible, en algo funcional.
Días y noches enteras a veces sin dormir, los tres envueltos en una pasión loca que buscaba llevar el proyecto al éxito rotundo. No les importaba ningún reconocimiento, ellos iban a por la felicidad de Pinoculus, el objetivo de la aventura en la que viajaban. Pruebas y errores, retrasos en entregas de terceros, el dolor intenso de los implantes necesarios, todo era necesario. La luz al final del túnel les solía decir el cuarentón doctor cuando veía que la moral del equipo decaía.
La noche en cuestión era la de un día en la que todas las listas de chequeo y las pruebas de circuitos y líneas de código habían resultado exitosas. Se atreverían, tenían que hacerlo en algún momento. Ayudaron a Pinoculus a sentarse en la provisional silla que habían diseñado como necesaria unos meses antes. Conectaron todos los cables necesarios al armazón, cosa que les llevó unas dos horas pues eran miles y todos debían ser revisados con el computador que corría el sistema que verificaba que respondan sin problemas.
Luego de que todo parecía estar listo para iniciar la prueba, Yosef encendió odas las luces del echado de esa bodega que les había servido de hogar y de taller todo ese tiempo. Sólo en esos momentos se podía dimensionar lo enorme del lugar. Siete mil quinientos metros cuadrados y cerca de veinticinco metros de altura; alguna vez en esa ciudad ya casi abandonada había servido de hangar para el aeropuerto adjunto. Los dos pupilos habían adicionalmente a las luces que ya estaban ahí cuando llegaron, instalado las necesarias para que no existan sombras que pudieran hacer al doctor hacer algún mal cálculo de perspectiva. En adición, las dos semanas anteriores habían logrado poner en funcionamiento el subsistema de obstáculos que habían previamente diseñado para que fueran parte de la prueba inicial del proyecto.
Milo, ante un guiño de Pinocolus, presionó en el panel de ayuda el botón de inicio. El armazón luego de liberar sus seguros se incorporó y levantó a su vez al doctor de la silla y envió pulsos eléctricos a cada uno de los implantes conectados a los cables. El dolor era inmenso, y a aunque eso significaba que los nervios estaban respondiendo a los estímulos, Yosef leyó enseguida el sufrimiento en la cara de Pinocolus. Inyectó entonces el cóctel del cual se había provisto ante lo obvio que iba a ocurrir en el catéter que estaba insertado en la espina dorsal del doctor. Funcionó al segundo y entonces el único brazo que parcialmente tenía móvil y su boca que manejaban los controles del sistema se pudieron enfocar en llevar a cabo la prueba.
El primer paso fue el más difícil pues vaciló por un momento el balance del armazón y por poco cae hacia la derecha. Pero los cálculos fueron hechos de manera adecuada y los cables se tensaban correctamente, el equilibrio se recobró enseguida y le pie de Pinocolus se asentó firmemente en el piso. Luego el siguiente paso, y si bien cada uno provocaba dolor ante cada tensor funcionando, el complejo diseño trabajaba como debía.
La primera línea amarilla, la de los cinco metros fue dejada detrás por los tres individuos. Ahora venían los cien metros de obstáculos móviles, la parte más difícil de todo el recorrido. El asunto consistía en planchas de acero de tres por cinco metros y de más de trescientas libras, moviéndose aleatoriamente por medio de un complicado laberinto de rieles montado en el techo ante el camino del doctor, el frenar a tiempo y esquivarlas era el quid de la cuestión. Pinocolus les había dictado que frase pintar en cada una de ellas y todas tenían un significado para él sobretodo la de la placa final, esa frase llena de desprecio e indolencia lo había puesto de manera indirecta en su estado actual. Caminaría entre sus mentiras y cada paso debía ser muy bien pensado para no terminar en el piso y quizás acabar con su vida.
Vino desde su derecha silbando la primera, logró detener el armazón a cinco centímetros frente a esta y antes de que viniera alguna desde algún lugar cercano se movió hacia el visor del radar que tenía en las gafas que llevaba puestas. Así fue haciendo su ruta hacia la segunda línea amarilla trazada en el piso, la meta. Esquivaba de una manera asombrosa cada placa, y aunque el armatoste que lo sostenía de los cables era quien hacía todo el trabajo, daba la impresión de era él el que se movía de un lado a otro. De nuevo sus piernas tenían movimiento y a cada paso el dolor se incrementaba. Por esto, Milo que manejaba el control remoto que liberaba en el cuerpo del doctor las drogas que lo aliviaban, contaba dieciséis pisadas para luego oprimir el botón de liberar.
Al pasar la línea se detuvo por un momento. Por medio de uno de los controles en el panel que manejaba su mano hizo girar su cabeza hacia sus dos asistentes, que lo veían de lados desde lados opuestos con una sonrisa de oreja a oreja. Soltó el control que manejaba con la boca y sonriendo les gritó:
— Abran las puertas — ambos lo miraban atónitos, creían que el objetivo había sido alcanzado — ¡Ãbranlas! — les ordenó.
Así lo hicieron y una avalancha de frío entró en la bodega, aniquilando el controlado clima que dentro se mantenía. Pinocolus lo sintió y creyó tiritar. ¡Funcionaba! Empezó entonces a caminar con la misma seguridad dentro de esa congelada noche, pisando y sintiendo la nieve iluminada por una luna menguante. Sabía que exponía su frágil salud, pero quería sentir una vez más mientras avanzaba.
Casi de frente a él se encontraba un anciano árbol deshojado por la temporada, lo escogió como destino. Sus pies no se hundían en la nieve ya que el armazón estaba diseñado para esta clase de obstáculos y bajo estas circunstancias los hacían muy ligero. Milo se había hecho de una manta para cubrirlo en cuanto el doctor lo dejase, y Yosef trataba de empujar detrás la silla de ruedas que había sostenido a Pinocolus durante casi ocho años. Bastaba sólo presionar el botón de emergencia y todos los cables lo liberarían y dejarían caer del armazón.
Estando muy cerca del árbol activó el mecanismo que hizo que su mano tocara delicadamente la corteza helada de este ser dormido. Le indicó a Yosef que lo liberara y cuando cayó sobre la silla Milo lo cubrió enseguida tratando de calentar su cuerpo desnudo. Ya dentro de la bodega, una media hora después de que habían asegurado el armazón en su plataforma, quieta pero felizmente Pinocolus les dijo a ambos:
— Amigos, he sentido nuevamente la vida.
- Publicado por WR276 a las 09:00
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