Amanecer
Al pie de la pared que sostenía el reloj que juntos habían comprado para la cocina, los añicos de la taza de café que ella solía usar se encontraban esparcidos con el único patrón que su furia podía dejar a su paso, ese que buscaba borrar todas las huellas que en su vida había dejado.
El resto del departamento tenía copiada la misma plantilla. Papel en trozos, vidrio quebrado, fotografías rayadas, ropa a medio quemar. Pero la memoria es un enemigo difícil de vencer y ni siquiera las dos botellas de Hart Brothers de la noche anterior le habían dado la fuerza como para aniquilarla.
Sentado en el piso y con la espalda apoyada a uno de los gabinetes que ella había escogido en la remodelación que habían hecho el año anterior, ese mismo que guardaba el detergente líquido para la lavadora de platos, miraba hacia fuera por la ventana. El día ya se despertaba sin nubes y la silueta del sauce del parque de la urbanización se plasmaba en ese fondo azul violeta. Se puso de pie y se dirigió hacia esta luz que aclaraba la habitación.
Corrió el pestillo y dejó entrar al frío viento de esa hora. Sus pulmones se llenaron de verdad y terminaron de despejar el camino que el tiempo venía trabajando. Entendió que su enemiga era sólo parte de él, que no podía ganar algo que sólo él combatía. Soltó el punzón que empuñaba desde los minutos de desesperación anteriores al golpe de la taza contra la pintura beige y salió del departamento hacia la tienda de Don Pancho. El pan recién debía de estar saliendo del horno y no había comido desde el jueves anterior.
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