WR276

por Ernesto W. Monserratte.

!=Utopía

Sentado en una de las ramas del viejo roble que desde que tenía quince lo había recibido en sus ratos de ocio, veía pasar con total indiferencia a la gente que corría con horror dibujado con el rostro por la carretera que conducía hacia fuera de la ciudad. Eran miles atropellándose en estampida sin mirar si era hombre, mujer o niño quien caía frente a sus pisadas. Muchos autos estaban abandonados a la vera del camino; otros que intentaron abrirse camino moliendo personas delante de ellos, terminaron con sus conductores asesinados en una fiesta de sangre.

En el horizonte, hacia el oeste, una nube espesa y violeta le iba ganando espacio al cielo. Era como ver a la hiedra crecer, oscureciendo todo lo que cubría a tal punto que ya dentro de ella no veías a más de treinta centímetros delante de ti. Pero si te dejabas envolver por esta, lo que veías sería lo último que tu cerebro entendiese antes de que sucumbieses a una dolorosa muerte en que todos los tejidos de tu cuerpo explotaban en menos de cuarenta segundos. La nube provenía de un pequeño edificio cerca de los muelles de la ciudad y había empezado a crecer esa mañana cuando los subversivos que se habían encerrado en el último piso la noche anterior. Sus demandas no se habían siquiera considerado por las fuerzas del orden, y en el operativo que intentó desarticular la amenaza el seguro del artefacto que contenía este poderoso químico se había soltado. La transmisión en vivo de las televisoras locales y sus imágenes sin editar de los cuerpos que iban cayendo desataron la histeria. Algunos que conocían de acciones previas de este grupo separatista los habían tomado en serio y salieron enseguida hacia algún lugar más seguro. Pero sobre el total de la población, su número era un porcentaje que podías representar en una fracción.

El viento soplaba desde el mar y la nube avanzaba con determinación. La fuerza brisa que sentía en la piel le decía que pronto llegaría hasta donde el estaba, calculaba que en menos de un cuarto de hora. Por alguna razón, y a pesar de lo que había visto en su receptor de TV, no sentía temor de lo que pudiera pasar. Le extrañaba porque se conocía bien y no tenía un buen estómago. Cuando lo operaron del apéndice, mientras lo anestesiaban la presión arterial se le había caído al piso. Quizás era el día, quizás la semana, ese año entero o talvez la vida. No podía decirlo, simplemente estaba listo.

En lo bajo de la colina, desde el camino, lo había notado una chica en sus veintes. Notó que la misma calma que la poseyó cuando perdió de vista a sus padres entre esa enajenada masa humana, estaba pintada en la cara de este hombre subido en un árbol. Empezó a ascender la loma en dirección a él al tiempo que los gritos y llantos detrás de ella crecían en desesperación.

Estando ya a la sombra del gran roble lo saludó con un hola, él se lo devolvió con un movimiento leve de cabeza. Le preguntó si podía subir a acompañarlo. Entonces otra reacción anormal en su forma de ser: Le extendió la mano para que pueda subir.

Ya juntos conversaban de nada y todo, mientras el gas violeta se acercaba. Se veían a los ojos, ignorando las explosiones de cuerpos que empezaban a darse a menos de trescientos metros. A él le encantaban sus pecas, a ella el corte de cabello peculiar. Reían y coincidían en ideas sobre la vida cuando ya la nube los empezaba a cubrir. Lo notaron y se tomaron de las manos.

Tres horas después a lo largo de la carretera sólo quedaban restos de órganos y sangre que empezaban a secarse bajo el sol, y dos seres en pleno descubrimiento de otro igual de maravilloso.


Clasificado bajo Mini-cuentos

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