I killed a reindeer
Saliendo de un estacionamiento subterráneo para entrar a un centro comercial fue que empezó todo. Preferí, por recomendaciones médicas, subir las escaleras antes que usar el ascensor. Y fue justo cuando había pasado tres escalones que sentí detrás mío una presencia que se acercaba a paso redoblado. Me paré en seco al oír una especie de bramido alterado cerca de mi oído derecho. Medio segundo después me empujaba hasta casi caer por el barandal un reno que apresurado corría por la escalera hacia algún piso superior.
Pude sostenerme y evitar caer medio piso. Cuando pude recobrar mi posición vertical reaccioné ante lo ocurrido. Se me hacía demasiado increíble, pero la sensación de esa piel afelpada en mi brazo seguía ahí. Había sucedido y me había hecho enojar lo suficiente como para desquitarme del abuso.
Dentro ya de las galerías de locales busqué al bicho que sobre sus patas traseras caminaba superando mi altura con por lo menos treinta centímetros. Enseguida me llamó la atención el taller de Papá Noel montado en donde antes había una pileta; debía estar ahí como un personaje más del mini-circo.
Mi presunciónfue correcta. Saltaba de un lado a otro con la alegría que el sueldo que cobraba se lo permitía. Me senté en una banca que estaba libre y esperé con paciencia. Pasaron las horas hasta que llegó el momento en que el centro comercial debía cerrar sus puertas. La función por el día de hoy debía terminar y cada uno de los bufones empezaba a bajar del escenario desbandándose con un chao leve.
El reno, saltando y haciendo el mismo molesto bramido que había escuchado horas atrás se dirigía hacia la escalera por la que ambos habíamos subido. Sigilosa y apresuradamente le di alcance sin que me notara. Tomé en el camino un extintor de incendios de la pared izquierda del corredor mientras el empujaba la puerta de salida. Detuve esta última antes que se cerrara suguiéndolo luego a cada paso que daba descendiendo para en el descanso entre piso y piso, darle un golpe con la base del extintor en la cara. Percibí un quejido casi humano, me pareció extraño pero no me detuvo. Tres golpes más y una cara deformada y sin vida estaba frente a mí. Salí al parqueo llevándome conmigo del cilindro rojo.
Maté parte de la navidad. Al día siguiente desperté, pues, igual que la semana pasada.
Clasificado bajo Mini-cuentos
Yo si patée al oso panda del Santa Isabel.
¿No sonó: chaj, chaj, chaj, con un espacio sabroso?
Por lo menos sabes que el mundo es un poquito mejor ahora.