WR276

por Ernesto W. Monserratte.

Del polvo a las cenizas

Regresando en mitad de la polvareda de la caravana, reconozco el olor que entra por la ventana. Es esa familiaridad de estar solo que te permite soportar cualquier recuerdo hasta estos crecen cansados y llegan al tope de sólamente ser una mano de lija y una boca torpe; la epifanía que te hace viajar de noche y solo, libre de cualquier día o año anterior.

Llenas los pulmones con el aroma y dejas que todo tu cuerpo se contagie del sentimiento ajeno al resto. Cierras los ojos y te empiezas a tocar sutilmente para que ninguno de los presentes note que estas vivo. Truenas los dedos, el amor se lava y todo empieza otra vez: La mala música se vuelve el canto de un niño bajo el agua, las ideas sin fundamento se hacen de granito y la mala compañía se pinta con los colores de lo cómico del orbe.

Y es que en este mundo que contiene a las civilizaciones más hipócritas de la historia poco importa la frente quebrada de otro soñador más que cree que pararse contra el viento en bolas puede hacer la diferencia. Uno puede hacer trescientas locuras por segundo que nadie siquiera levantará una ceja. El problema empieza cuando uno se pone de pie en medio del show, escupe hacia el escenario y se va a su casa. Ahí, cuando le dices al mundo en su cara que su hipocrecía es evidente es que te haces notar, y dependiendo de en que hemisferio lo hagas, te cagas o te haces ídolo.

Por eso, en este día, las cenizas por el culo.


Clasificado bajo El Roto

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