Cuando nada es ajeno
La ves retratado en caras distantes y extrañas, muchas veces a través de una ventana o por medio de algunos metros de distancia. Pocas veces se te muestra en el rostro de algún amigo; estruja pero te levantas al rato. El asunto es que mientras da más pasos acercándose a ti, sientes como la infección del congelante hedor que ella trae es más difícil de vencer.
Cuando toma la forma de una voz humana que te dice un mes, dos máximo, te derrumbas por completo. Quieres volar por sobre la ciudad y abrazar a los que amas, sostenerlos eternamente, ponerte frente a ellos como escudo, pelear con ellos y despedazarla. Quieres pero no puedes. No puedes y vuelves a caer.
Y ves como de poco ella los arrastra hacia su vientre, sin dejar de verte directo a los ojos, riendo desencajadamente como siempre. Los recuerdos es lo único que te deja, y mientras vuelve por ti, cada noche te los va quitando también.
En este punto, el sentimiento ajeno es propio. En este momento gritas: !Maldita seas muerte¡
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