Vidrio
Conduces apenas rebasando la velocidad permitida dentro de la ciudad, surgiendo de un túnel de locos, conversando del día, preguntándonos el por qué el uso de calles inconclusas.
De pronto un estruendo, un golpe que llena la cabina emblanqueciendo a los pasajeros, una fracción de segundo fraccionando la vista frontal, como vidrio resquebrajándose, como un parabrisas volviéndose pequeños trozos de cristal, aún en un solo cuerpo, pero despedazado ya.
Te detienes tan pronto puedes, te aparcas, gritas para luego calmarte. Sigues oyendo los crujidos del cristal, como hielo delgado bajo los pies pero con un tono más agudo. Abres la puerta para verificar que no hay impacto alguno, simplemente se combinaron las casualidades y ocurrió el percance. Te preguntas por el porcentaje de esta regla rota mientras no tienes otra opción que limpiar como puedas estos molestos residuos que con facilidad lastiman la piel.
Terminas la labor y ahora viene lo más difícil: el conducir de regreso a casa. Lo incómodo es sentir pequeños cristales que no pudiste limpiar pinchando tus piernas. Lo difícil, manejar con gafas para el sol en medio de la noche cuidando de que algo no lastime tus ojos. Lo cómico, ver la cara de los niños de la calle que quieren limpiar algo que ya no existe. Lo mejor, sentir la brisa durante todo el camino como nunca antes la has sentido. Lo peor sin duda la bendita lluvia de enero que no se apiada de los desafortunados.
Creo que luego de este tercer intento frustrado esperaré mejor a que National Treasure: Book of Secrets sea lanzado en DVD.
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