WR276

por Ernesto W. Monserratte.

¡Salud Perla!

Te estás poniendo vieja, pero a su vez cada día más hermosa. Cualquiera que te conozca se enamoraría de ti, de lo que has sido y de lo que proyectas. Con tus calores y brisas, con tus olores, sabores y reflejos, el alimento que me fortalecido toda la vida, desde que me la dieron mis padres hijos tuyos.

Y es que desde que nos conocemos nos siento uno. Con cada plato en la Pastorita o cada visita a Yulán, con cada copa en Diva Nicotina o cada jarra en el Manantial, con cada cigarrillo en los balcones del sur o del norte, con cada acorde de Rosalino o cada palabra de Carlos Armando. Con cada beso y cada caricia te he sentido Guayaquil.

En cada barrio y ciudadela, el Garay, el Centenario, La Saiba, Las Alboradas, de donde fluyen las sonrisas y los modismos, con la bulla y el hablar fuerte. En esas voces que por costumbre no son groseras, pero si firmes para ser siempre escuchadas, te he sentido Guayaquil.

En las manos de cada uno de nosotros, los cívicos, no los borregos, los trabajadores, los que luchamos como en ese noviembre del 22, los soñadores, los que vemos más allá para nuestros nietos, los solidarios, los que arrimamos hombros por nuestra comunidad y no por los intereses de unos pocos. En los que te empujamos hacia adelante, te he vivido Guayaquil.

Y en esta hora, en que celebramos otro año más del día en que le dijiste basta a los que quisieron marcarte el destino, y te plantaste tiesa para hacerte el propio, destapo esta helada cerveza y con el corazón henchido de saberte de mis amores te beso diciéndote ¡Viva mi Perla hermosa! ¡Viva mi Pórtico de Oro! ¡Viva mi Guayaquil, carajo!


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